miércoles, 13 de enero de 2021

La mujer y el lenguaje II

Como en cualquier intento de generalización, tampoco aquí podían faltar las excepciones, vaivenes de la moda y altibajos de la historia contribuyen a que ciertas denominaciones de actividades humanas suban o bajen en la escala del prestigio social, sin que ello esté motivado por prejuicios de cholotube y de sexo. En inglés son significativas las evoluciones semánticas de marshall y constable, tanto en sentido ascendente como descendente. Pero en el asunto que nos ocupa tenemos uno de los más ilustrativos ejemplos de ramificación semántica. En antiguo inglés la voz cwen significa «mujer»; hoy, escrita Queen, como sabe cualquier principiante de inglés, significa «reina», es decir, la más alta dignidad social alcanzable por la mujer; sin embargo - y esto ya no lo saben los principiantes de Ingles- escrita quean, aunque obsoleta, designa el otro extremo de la estimación pública. Por eso, Lord Byron, en su Don Juan, aprovecha la homonimia de ambas palabras para llamar a la emperatriz Catalina II «the Queen of queans», que huelga traducir. Pero no acaba ahí la historia: en el uso coloquial de hoy, queen, la grafía ennoblecida del vocablo, designa también a un homosexual, como, me dicen, ocurre en España con su traducción. Y nótese de paso que el término usual español para la misma idea es originariamente un diminutivo, convertible en aumentativo, de María.



 Pero el enaltecimiento de la condición femenina reflejado en el ejemplo, un tanto averiado, de Queen, en nada merma los argumentos esgrimidos por las feministas actuales para denunciar el progresivo y unilateral deterioro sufrido por los elementos léxicos vinculados a los atributos y actividades de la mujer. Nada puede la lengua, ni las instituciones o diccionarios que den constancia de su uso, contra el hecho de que en spinster «soltera» y bachelor «soltero», fuera del Registro Civil, la designación femenina cobre una connotación peyorativa. Así ha ocurrido en español con mujer pública y hombre público, y lo único que puede hacer la comunidad lingüística, cuyas decisiones son eminentemente democráticas e inapelables, es evitar o sustituir la expresión ofensiva. Triste es reconocer que en semejantes manifestaciones de misoginia no se puede hallar desde ningún ángulo base objetiva que justifique la degeneración comentada. Bolinger, ejemplo de lingüistas sagaces y valientes, advierte con crudeza cómo en uno de los insultos más frecuentes, común al inglés y ai español, quien resulta insultado es la madre del destinatario del desahogo verbal.



 Nada hay que objetar al empeño de los movimientos feministas en equiparar legal y económicamente a los dos sexos, lo cual es noble y justa aspiración. Pero sería contrario a la naturaleza del lenguaje que éste no reflejase aquellas diferencias que revelan los datos empíricos a las propias investigadoras cuando operan según métodos modernos y descubren, como correlato, pautas de comportamiento en la mujer no siempre atribuibles a la estructura de la sociedad. El creciente protagonismo femenino hace prever un deseable progreso en la eliminación de ciertas desigualdades sancionadas por el uso lingüístico. Pero sí es triste constatar a qué extremos puede llevar la misoginia, permanente o transitoria, al juzgar con poca caridad conductas reprobables, sería equitativo añadir, en descargo de los varones, que las propias congéneres tampoco se han distinguido a menudo como propicias a la disculpa benévola y tolerante. Por otra parte, el sexo masculino, en términos de frecuencia, ha sido víctima principal, acaso por su mayor protagonismo social, de los incontables denuestos inventados por los seres humanos para descargar su cólera o ejercer su agresividad. Esperemos que en la esperable igualación de sexos que promete el futuro no le lleguen al antiguo sexo débil los improperios que hoy acapara casi exclusivamente el fuerte.

Resiste, sin embargo, a cualquier tipo de cuantificación el sinfín de elogios, alabanzas y flores derramados en esas mismas sociedades misóginas por poetas, artistas o simples admiradores para ensalzar, en lo específico o en lo genérico, las cualidades inefables -reales o imaginadas- de das ewige Weibliche, que prefiero traducir «la eterna feminidad».